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jueves, 30 de octubre de 2014

Un año esperando

Mientras se recostaba en el diván, miraba su imagen en el gran espejo de la sala. Su piel blanquecina contrastaba con los mechones rojizos que le rozaban la cara. Aquel gran vestido que llevaba de color granate, hecho especialmente para la ocasión, hacia resaltar el color pálido del mobiliario. Todo en aquella habitación representaba lujo. Un lujo rancio, como de otra época, que le transportaba a tiempos mejores, más felices, donde la felicidad iba unida al amor. Por un momento recordó los grandes bailes que se habían realizado en aquella magnifica mansión donde la diversión y el bullicio habían sido habituales en otro tiempo. Ahora, todo se había convertido en decadente y triste; tanto que ni siquiera el sol mostraba toda su grandeza y la habitación se veía de un color triste.

Ella cerró sus ojos y por un momento se vio en los brazos de él bailando un vals. Le encantaban bailar dando vueltas y vueltas, donde lo único que importaba era sus ojos mirando fijamente a los de ella. Una tensión que se rompía con una sonrisa y después le acompañaba una carcajada y luego un abrazo y luego otra vez una mirada. Un juego de seducción totalmente desprovisto de voluntad que hacía las delicias de los enamorados.

Y con los ojos cerrados empezó a oír una música que invadía toda la casa. Era un piano que salia de las entrañas de la habitación. Ella, al oír la música sonrió. Le había estado esperando y sabia que como cada  1 de noviembre haría su aparición. Se recosto en el diván y esperó a la llegada de su amado. La puerta se abrió sigilosamente y la madera del suelo crujía lentamente avanzando hacia el diván. Un olor a rosas se adentro en la habitación acompañandole un frio que penetraba hasta los huesos.

Ella sintió un escalofrío al sentir como algo rozaba sus dedos. Sabia que era él y con los ojos cerrados le dijo hola. Acto seguido noto una brisa en los labios y una lágrima corrió su mejilla. El olor a rosas se transformo en un olor amaderado y dulce. Ella reconocía ese olor perfectamente. Era el olor de su amado. Con la voz entrecortada y susurrante le dijo que lo había echado mucho de menos y que cada vez se la hacia más pesada la vida sin él. De repente su corazón sintió un calor que le tranquilizó. Era como si hubieran descansado una mano invisible en él.

Ella empezó a llorar al ver que el peso que tenia en su corazón se estaba descargando gracias al calor que le estaba produciendo. Ella quería siempre esa sensación, la de estar con él, a su lado. No quería dejar de sentirlo. No quería volver al vacío. Cuando se tranquilizo un poco, la música empezó a sonar cada vez más lenta y más bajita. Ya casi que no se apreciaba y de repente la luz del sol entro por la ventana como hacia tiempo que no lo había hecho. El olor había desaparecido y la sensación de estar con él también. Se levanto del diván y se fue hacia la ventana. Los jardines de fuera se veían preciosos, con colores y luces distintas.


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